Las TICs como religión ultraortodoxa



No es raro encontrar en la red un optimismo excesivo respecto al uso de las TICs como herramienta educativa. Los docentes podemos estar tentados a utilizarlas como tabla de salvación que camufle de manera impostada las deficiencias de nuestra labor, o concederles un valor superlativo a la hora de configurar nuestra metodología dentro del aula, obviando otros métodos igual o más eficaces. 

Lo cierto es que las TICs no siempre son una herramienta adecuada para aprender y casi nunca debieran ir desprovistas del apoyo de otros recursos más convencionales, pero de enorme ayuda. Sin embargo, una especie de integrismo tecnológico empieza a adueñarse de no pocos docentes, especialmente en aquellos que como el que escribe se dedican a motivar al resto de compañeros para que utilicen las TICs en su día a día en el aula y fuera de ella.

Este integrismo se caracteriza por una confianza excesiva en las TICs como metodología didáctica, llegando incluso a pensar que deben ser utilizadas de manera integral y definitiva en todo el proceso de enseñanza y aprendizaje. La misma administración educativa se ha dejado tentar por este maximalismo ingenuo, bajo la promesa de que las TICs pueden ahorrarles una buena parte de los gastos que la educación tradicional les exige.

Pero ya estamos en condiciones de pasar del sueño dogmático a la sensatez. Tenemos datos suficientes como para empezar a evaluar de manera serena y contrastada determinados recursos e integrarlos en modelos metodológicos flexibles, que vean las TICs como un gadget más con el que provocar en nuestros alumnos las ganas de aprender y su acceso al mundo adulto. La lógica impone una visión más maleable de lo que debe ser un recurso educativo. 

Es difícil concebir a día de hoy que un profesor limite su metodología al único recurso del libro de texto como puerta al aprendizaje. Existen numerosas herramientas, impliquen el uso de TICs o no, que han demostrado ser fieles aliados dentro del proceso de aprendizaje. Integrarlas de manera equilibrada es el reto del docente contemporáneo. Tan inadecuado es cerrarse a los cambios como ceder al culto tecnológico como redención. Por eso, todas las sirenas que susurran al oído del docente las bondades de las TICs -vengan de la Administración o desde dentro de nuestros centros de trabajo-, sin tener en cuenta los contextos y la experiencia previa, son humo o venta de crece pelo. El modelo más creíble pasa por el uso de múltiples recursos, desde los tradicionales hasta la app más rutilante. Lo que importa no es tanto el recurso que se utiliza cuanto la metodología con la que integramos nuestras herramientas al contexto de aprendizaje.

En este sentido, la experiencia demuestra que toda metodología que no socialice los aprendizajes y que no implique al alumno en el proceso de aprender está hueca, le falta algo importante. Aprender haciendo y compartir lo aprendido son esencias de un modelo más que plausible, en el que las TICs operan a modo de herramientas privilegiadas, pero no exclusivas.

He elegido la imagen de arriba como un ejemplo recurrente de cómo no hay que enseñar. Por supuesto, no sabemos si el docente que ha hecho uso de esta herramienta lo hizo de manera aislada de otros recursos, pero tomada en solitario viene a ser una metáfora de cómo a veces las TICs no ayudan a aprender lo relevante. De este ejemplo podemos reflexionar acerca de cómo no basta con hacer un crucigrama para enseñar a nuestros alumnos valores cívicos. De hecho, está demostrado en estos casos que es más eficaz el debate entre iguales que la charla moralizante del profesor o la comprensión de conceptos éticos.

En fin, el que escribe está más que convencido de que más que crear congresos, seminarios y jornadas destinadas a mostrar contenidos TICs extraordinarios, sería más acertado empezar a debatir sobre los modelos metodológicos en los que debieran integrarse estos gadgets. De lo contrario, estaremos condenados a repetir una y otra vez los mismos errores que caracterizaron a la vieja pedagogía.

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