IES San José, Zona Libre de Acoso



Como ya conté en otro post, estoy realizando con mis alumnos de Eso un proyecto de #DesignThinking llamado #ImaginaTuInsti, en el que imaginan el centro que quieren, observando primero la realidad. Entre los temas que les preocupaban, eligieron el acoso como uno de los más importantes, enfocado desde el contexto de las relaciones que tienen entre ellos y con nosotros, los profesores. 

El tema era estupendo porque maridaba bien con la campaña colaborativa #hEDUbullying (y su lema Tu centro, Zona Libre de Acoso) y con #ChocoCharlas (y sus debates radiofónicos).

Me puse a ello y creé algunos mapas visuales en apoyo a #hEDUbullying. para animar a más docentes a sumarse al proyecto.






Hicimos en todos los grupos de Eso una lluvia de ideas con post-its en un mural colectivo en el que anotaban las actitudes y conductas que no les gustaban.



Elegían una de ellas y les propuse que la escenificaran en una breve simulación en clase. De la simulación extraían un guión que debían escribir en cinco frases para después convertirlo en una historia visual a modo de viñeta. Tomaron como modelo una simulación de un grupo de 2º de Eso que yo me encargué de dibujar a modo de molde con cuatro viñetas narrando una situación de acoso, otra indicando tres emociones que siente el acosado y una última con el logo del proyecto. Era muy importante la quinta viñeta, ponerse en el lugar del acosado y pensar cómo se siente en esas situaciones.



Me pasan las viñetas, las escaneo y las preparo para verlas y debatirlas en clase. Aquí tenéis algunos ejemplos, pero podéis ver todas en este enlace.





 
 



Mientras realizan estas viñetas, algunos van a la radio del centro y comparten sus impresiones sobre el tema, tanto en la fase de No me gusta que... como en la de elaborar las simulaciones y las viñetas. Os animo a sumaros a debatir en vuestros centros y añadir vuestros podcasts a esta playlist.





Sesión de radio con degustación de fartons incluida

Terminadas las viñetas y los podcasts, las exponemos en la pizarra digital y el autor la explica y la debatimos entre todos, haciendo hincapié no solo en los sentimientos del acosado sino también en la actitud de los observadores del acoso. 

El debate en clase fue muy enriquecedor. Hubo momentos en los que les costaba reconocer que la situación que planteaba el compañero fuera realmente acoso, como el de una alumna que decía sentirse mirada constantemente por sus compañeros. 

Reconocen sus actitudes y conductas, pero igualmente confiesan la impotencia de controlar sus emociones. En el caso de los gritos, no se daban cuenta de su tono de voz porque, reconocían, en su entorno familiar y de amigos se habla así y porque se han acostumbrado a utilizarlo como una forma de sentirse escuchados y apreciados.

Por último, imaginaron las situaciones de acoso pero con la conducta que creen correcta, y la escenificaron en clase. Es la fase del compromiso de crear clima en el aula.


Evaluar(nos): asignatura pendiente




Hace un año de este dibujo y después de pasar estos días por las reuniones de evaluación sigo teniendo el mismo sabor agridulce. Da la sensación de que hemos avanzado poco (o nada) en nuestra forma de concebir la evaluación. Se reduce a un mero dictado de notas y el relleno prescriptivo de informes, informes diseñados siguiendo el modelo de competencias (¡qué modernos somos!), pero como si nada. Todo acaba reduciéndose a un mero tanteo a ojo (o a ciegas). ¡Competencia digital! ¡Avanzada! ¡Si es que están todo el día con el móvil! Porque en el fondo la nota ya está puesta: 3, 4, 5, 7... Eso es todo. Cada cual es rey en su cátedra, dueño y señor de su feudo. En las juntas de evaluación no se habla de educación porque tampoco se hizo durante el curso. Apenas o nunca se reunieron los equipos de aula para solucionar juntos problemas o demandas del día a día, o para consensuar criterios, contenidos, equilibrar las tareas para casa, compartir metodologías, ver cómo acercarse a los padres, diseñar proyectos de centro, fomentar la convivencia... El guiso sigue siendo cosa de cada chef (si es que quiere), casi nunca un trabajo colaborativo entre docentes. Y así nos va. O no, los hay (más de los que nos gustaría admitir) que están contentos como están y conscientemente, con diurnidad y alevosía, deciden no cambiar. Que cambie el alumno. Si no estudia, a galeras a remar.

Se echa en falta en este oficio una mirada en plural. Cada cual va a lo suyo, y cuando alguien anima al resto a salir de la zona de confort, la invitación se interpreta como doble ración de trabajo. No está el horno para más bollos, dicen, lo que hay que hacer es volver a las 18 horas. Claro está que tampoco cuando teníamos 18 el respetable se animaba a virar el rumbo. Estudiar, eso es lo que tienen que hacer. Las nuevas metodologías son agua con gas, una forma de tener entretenidos a los alumnos, pero sin aprender. Tragar contenidos y escupirlos a través de exámenes. Poner la nota y punto. El resto es humo. Así me saqué las oposiciones, así enseño

Eso sí, después les exigimos a los alumnos que comprendan lo que leen y que sean críticos. He conocido pocos alumnos que hayan llegado a final de Eso, incluso Bachillerato, y que sepan cómo tomar apuntes, resumir un texto, hablar en público y trabajar colaborativamente. Tengo que llegar al temario, dicen los profesores, como para encima tener que enseñarles eso que ya debieron aprender. Y si encima, la PAU, EBAU o como deseen llamarla, favorece la adquisición de meras habilidades de memorización y el domino de contenidos a través de meras pruebas escritas, el campo está abonado para el docente despotrique contra la innovación. Ancha es Castilla. Por citar solo un ejemplo, la prueba de selectividad en Francia incluye expresión oral y pensamiento crítico, no un mero volcado de información. Este curso en este reto me he quedado solo en Bachillerato; es lógico que algunos alumnos me digan: Ramón, es más sencillo que nos des los apuntes, los estudiamos y listo. Los propios alumnos están tan acostumbrados al 2+2=4 que entrenarse en competencias que tienen oxidadas les cuesta la misma vida. Todos los docentes sabemos que esas competencias están en el currículo y que requieren nuestra atención, pero... Temario, temario, temario. Hace unos meses, un compañero se acerca a mí, intrigado al verme preparar una actividad de clase en plan creativo y me confiesa: ¡Ramón, cómo puedes mantener ese optimismo! Sonreí, una sonrisa para cubrir apariencias; en el fondo aquella confesión me produjo tristeza. ¿Acaso no es esa nuestra tarea, no es esa la emoción que debe motivar nuestro trabajo? ¿Qué les pasó en el camino a estos docentes? ¿Cuándo claudicaron, se rindieron a esa monótona comodidad, a ese insano escepticismo? 

La memoria final, esa que debemos entregar al director para que (quizá o más bien no) la vea el inspector, adolece de dos defectos principales: Uno, solo es individual, a lo sumo departamental. Responde a un modelo solipsista de trabajo. No hay reflexión colectiva, no trasciende el aula, no se inserta en un proyecto más amplio  Dos, es un mero trámite, no se revisa al volver en septiembre, ajustando la intervención del próximo curso a esa reflexión previa. Es burocracia. De ahí que se tienda a copiar y pegar la del curso anterior, añadiendo porcentajes nuevos de aprobados/suspensos y alguna que otra obviedad para cubrir expediente. Se supone que la programación y la memoria deben ser documentos para el docente, introduciendo solo aquello que quiere hacer y evaluando cómo lo ha hecho. Documentos vivos. Sin embargo, acaban representando la tediosa rutina administrativa del buen funcionario. Esta tendencia demuestra hasta qué punto el proceso de enseñanza se ha convertido en un mecanismo automático, carente de reflexión y de inteligencia colectiva. No es raro encontrar docentes que interpretan las carencias del curso como mera responsabilidad del alumnado (no estudia, no atiende, no...), y no añade a esa reflexión complaciente la autocrítica constructiva. A veces son los mismos alumnos quienes dan las claves de mejora al profesor. Por ejemplo, la tarea es muy compleja, no entiendo las explicaciones, lo que explicas y lo que exiges no tiene relación, no escuchas, pegas voces, estás toda la hora hablando... 

Se echa en falta compartir en equipo cómo ha ido el curso, qué podemos hacer para mejorar juntos lo presente. Mirar la evaluación como cosa de todos, no como república independiente de mi departamento. Se echa en falta más proyecto de centro, más aprender unos de otros, más humildad metodológica (reconocer que hay estrategias que no funcionan, actitudes emocionales poco eficaces de enfrentarse a una clase...), más mirar por los alumnos y no por nuestro interés personal, más decisiones colectivas y menos sálvese quien pueda. 

Es evidente que este oficio se debe en gran parte a la voluntad de cambio del docente, al contagio colectivo, a la valentía de los equipos directivos, a una emoción que no se puede comprar en ningún mercado, ni se puede obligar si no hay convencimiento, un acto libre, un regalo que uno ofrece, una decisión ética que impulsa a hacer lo que se debe. Sin embargo, siempre he creído que esta voluntad debe estar acompañada de políticas educativas que favorezcan esas decisiones de cambio. Que al docente, a los equipos directivos, a los centros que apuestan por mejorar les resulte más fácil hacerlo que a los docentes que simplemente vegetan en su plaza vitalicia. Un buen barco con un mal capitán, zozobra; un barco hermoso, pero mal diseñado, también zozobra. El cambio debe ser la regla, nunca la excepción. Al igual que las políticas educativas que teledirigen desde arriba los programas, sin contar con los docentes, fracasan por propios méritos, las políticas que no saben liderar desde la escucha, siendo favorecedoras, mediadoras, apoyo del profesorado que quiere avanzar, también fracasan. La semilla debe crecer sola, pero un buen fertilizante en campo árido, ayuda bastante. 

¿Se evalúan realmente las políticas educativas? Y si lo hacen, ¿utilizan criterios educativos o se pliegan a otros intereses? Más aún, ¿permiten las políticas educativas ser evaluadas por el profesorado? La tendencia a creer que todo depende del profesorado y nada de la política educativa favorece la indolencia, la ineficacia y la instrumentalización de la educación. Resulta paradójico que los sindicatos que defienden la enseñanza pública no acompañen esa reivindicación de una crítica eficaz y profunda contra ciertos modelos y prácticas, y al final todo el merchandising se reduzca a la vuelta a las 18 horas. ¿Quién protege a la educación contra ella misma? Con tal de que mi hijo apruebe, todo está bien. Con tal de que yo cobre cada mes, todo está bien. Con tal de que mis alumnos no molesten, todo está bien. 

¿Cosas de chicas, cosas de chicos?: un proyecto de coeducación






El proyecto @ChocoCharlas me pidió hace tiempo que compartiera una experiencia que incluyera tertulias radiofónicas y aquí estoy, lo prometido es deuda. Podéis ver este mismo post en este enlace.


Hace unos meses publiqué un artículo en este enlace que se podría decir que fue el germen de este otro proyecto que os contaré y en la que ChocoCharlas tuvo mucho que ver. El proyecto inicial era Imagina Tu Insti y pretendía dinamizar a alumnos y docentes para repensar juntos nuestro centro. De esto salió la primera propuesta: dialogar acerca de cómo nos relacionamos entre nosotros. Un proyecto de coeducación que en parte se inspiró en una propuesta de @HangoutEDU y el formato dialógico-radiofónico de Chococharlas. De ahí nació el proyecto Tu centro #ZonaLibreDeAcoso

Hace un mes seguí potenciando la reflexión en clave coeducativa con mis alumnos de primer ciclo de ESO, alumnos de un barrio en situación socioeconómica difícil, con bajo nivel competencial, no solo en contenidos, también en habilidades de comunicación, baja autoestima, disruptivos pero no violentos, sin apoyo de las familias, muchas de ellas en situaciones realmente complicadas. Que hablaran entre ellos, debatieran lo que pasa en el instituto, compartieran perspectivas, buscaran soluciones juntos, era mi reto principal. Y no solo mío, la convivencia se ha convertido el reto más importante para todos los docentes de mi centro, ya que mejorando ésta conseguiremos que los alumnos se sientan mejor y se integren mejor en la vida del centro. Pequeño reto, gran reto.


De esta inquietud nace ¿Cosa de chicas, cosa de chicos?, proyectillo que es solo una píldora dentro de muchas otras que quiero introducir en los próximos cursos y que tendrán todas, como las de este curso, un denominador común: que tomen la palabra y construyan juntos nuevas formas de convivencia y comunicación dentro y fuera del centro. Para ello la radio es un instrumento privilegiado. De hecho, terminamos una emisión y pasada una semana ya están demandando repetir. La radio les permite hablar sin miedo, pese a que los primeros minutos se corten un poco. 

Por supuesto, no van a la radio en blanco. Previamente preparamos en clase un breve guión, que ellos mismos elaboran, ya sea a partir de su reflexión personal o de un debate previo en el aula. Estos debates a su vez generan mini retos creativos que amplifican el mensaje que va calando en sus reflexiones y que se pueden compartir con otros alumnos del centro.




El modelo de trabajo cuanto más sencillo mejor. En este caso, como veis más arriba, se trata de un rectángulo con tres secciones. En una escriben cosas que creen que son propias de chicas, en otra cosas propias de chicos, y en una tercera (la del semicírculo de abajo) cosas que creen que son propias de o pueden hacer ambos sexos (actitudes, habilidades, profesiones...) Por supuesto, este modelo es heurístico; solo pretende provocar el debate, no remarcar una frontera sexista. Partir de un modelo que discrimina permite descubrir de forma natural los prejuicios, estereotipos y creencias aprendidas, para después reflexionar sobre ellas en grupo. El papel del docente debe ser el de mera guía que provoque el debate. Una estrategia socrática, que haga que sea el propio alumno quien descubra las contradicciones de sus ideas y las confronte de forma no solo racional, sino también emocional, con sus iguales.



Primero escriben en su hoja las palabras (solo palabras o frases cortas) que crean oportunas en cada apartado, para después comentarlas en grupo pequeño. Este grupo reescribirá la percepción de lo que ha puesto cada alumno en su hoja, proponiendo otra mirada que se debatirá en grupo grande. Comparto algunas de las palabras propuestas por los alumnos.

















Con estas conclusiones vamos a la radio del centro y debaten sus opiniones tomando como punto de referencia una palabra que haya puesto algún compañero en la hoja. El debate radiofónico dura una media hora, pero al final se queda en unos 20 minutos que dividimos en dos partes, dos palabras por sesión. No más de 10 minutos de debate, que a veces se alarga o se queda en vía muerta porque no tienen ganas de hablar o no saben qué decir. No siempre funciona, y muchas veces necesitan ir cogiendo carrerilla. Al principio no dicen mucho, pero a los 5 minutos se animan y comparten sus ideas. Tened en cuenta que partimos de alumnos que no están acostumbrados a hablar respetando turnos de palabra, y no argumentan ni reflexionan sobre lo que dicen. Todo es ganar competencia en comunicación y valores porque partimos casi de cero. La radio es el detonante, el anzuelo, el macguffin. Y funciona. 

De estas tertulias pasamos a las conclusiones. Lo hacemos mediante retos creativos, como este panel colectivo que podéis ver arriba y en el que los alumnos ilustran actitudes, habilidades y profesiones sin género, que pueden sentir, pensar, hacer chicas y chicos.





















También elaboraron en el aula una exposición en forma de micro cómics en los que se ilustraban diferentes contextos de machismos cotidianos. 










Los eligieron y debatieron en clase y después los incluyeron en los bocadillos de cada diálogo con personajes de cómic, siempre chica-chico. En este reto reduje los roles a chica-chico, para no desviar el debate hacia el de la diversidad sexual, que ya traté en otra ocasión, y porque quería que contextualizaran las escenas lo más posible.
















Estas dos últimas semanas antes de terminar el curso estoy llevando a diferentes grupos de la Eso a visitar la exposición y a realizar mini reportajes con entrevistas en las que algunos alumnos analizan los diálogos de los micro cómics. Los podcasts que podéis escuchar más abajo irán aumentando en número, incluyendo las reflexiones de más alumnos. 



Además de esto, elaboraron monigotes inclusivos que plantamos en una maceta como metáfora: plantando igualdad. No lo terminaron porque no nos dio tiempo. Estamos ahora con otro reto, #YoEmigrante. Tened en cuenta que esto lo he realizado con alumnos de 1º y 2º de ESO (y algunos de 3º y 4º), una hora a la semana, e intentando motivarles no siempre con éxito. Apatía y autoestima van de la mano. Provocar emociones dormidas convierte proyectos sencillos como éste en odiseas casi utópicas.







Se nos ha echado el curso encima, pero lo ideal hubiera sido que ahora fueran a aulas de otros compañeros a exponer sus conclusiones, invitarles a nuevos programas de radio y traer a los padres para compartir con ellos sus impresiones. El curso próximo será. 

Es un reto a largo plazo y en el que estamos intentando embarcar a más docentes del centro. Otro reto titánico. El próximo curso combinaremos estos retos con otros, como una tutoría entre iguales, estilo Hermano Mayor, y la habilitación de espacios exteriores dentro del centro para la convivencia y el diálogo.