Docencia

​Alberto Granados


A Alberto le gusta definirse a sí mismo como maestro de EGB, esa en la que aún no había especialidades. De vuelta de la mili hizo Filología Hispánica en el Colegio Universitario de Jaén (hasta tercero) y en la UGR, lo que le permitió habilitarse como especialista de inglés al llegar la LOGSE. Así, estuvo en adultos desde 1971 hasta 1983. De ahí pasó a EGB, dando Lengua, Francés e Inglés al llamado tercer ciclo (Sexto a Octavo), y al entrar la reforma de la LOGSE (a efectos prácticos, en 1994 en Andalucía), pasó a dar inglés. Se jubiló oficialmente el 31 de agosto de 2009 (no se le olvida el día ni el mes), aunque de hecho fue en junio de ese año. En este artículo nos cuenta su periplo profesional y cómo ve la profesión, con esa sabiduría que otorga tener kilos de memoria en la mochila.


A Ana Gámez Tapias,
con quien tanto he debatido sobre enseñanza.

Una calurosa tarde de septiembre de 1971 un autobús de línea me dejó en la plaza de Porcuna (Jaén). Yo era entonces un pueblerino irredento, asustado por afrontar mi primer destino de maestro y muy tocado por la larga enfermedad que acababa de llevarse a mi padre. Tenía muy claro que necesitaba volar, pero la soledad en que mi huida dejaba a mi madre (pues era una clara huida en toda regla) me provocaba serios escrúpulos. Afortunadamente, ella entendió que yo quisiera irme y me lo dijo durante una conversación que siempre le agradeceré: 

-Hijo, te toca salir al ruedo. No te condiciones por mí. A mí me tocó hace tiempo y ahora es tu turno. No te sientas culpable de nada y haz lo que la vida te exija. 


Con Lola Millán grabando clases en Radio Popular de Jaén, 1972.

Y llegué con veintidós años recién cumplidos a una clase de Educación de Adultos en que yo era de los más jóvenes. Al año siguiente me tocaba el servicio militar y cuando estaba a punto de licenciarme escribí una carta a mi inspector explicándole que deseaba empezar los estudios de Filología en el reciente Colegio Universitario de Jaén. Por suerte, este hombre atendió mi solicitud y me destinó a Enseñanza Ecca, un sistema ideado por los jesuitas para la población adulta dispersa en las Islas Canarias. La plantilla, dividida en parejas mixtas, grabábamos unas clases que después se pasaban a unas casetes que se les vendían a los alumnos. Yo echaba de menos el contacto con la gente y en 1975 llegué a otro centro de Educación de Adultos en la ciudad. 

Fue una de las etapas profesionales más agradables de mi vida: aquellas personas no tenían cultura, pero tenían un sistema lógico adulto y muy diferentes motivaciones, lo que hacía que los maestros nos implicáramos de forma muy directa. Me entusiasmó aquel trabajo, pero tenía el problema de los horarios, opuestos a la situación de cualquier trabajador. Y la enorme ventaja de abordar nuevos desafíos (cine cada dos viernes, visitas y viajes culturales, llenar un cierto vacío en muchas mujeres del barrio que habían dejado su trabajo para criar a los hijos y ahora volvían a la escuela a socializarse, procurar a una masa de personas sencillas los necesarios títulos para los ascensos y promociones en sus empresas...)


Carné de maestro en 1973, donde se ve que yo era yeyé.

Fui director del centro unos años hasta que me trasladé a Granada, donde viví una experiencia hasta 1983 desconocida para mí: el contacto con los niños, primero en los cursos altos de EGB y después en todos los cursos, desde Infantil de tres años hasta sexto de Primaria, en el área de inglés. 

Antes de seguir, debo aclarar que siempre aspiré a ser periodista y que sólo la circunstancia del cáncer que iba a acabar con mi padre me hizo renunciar a mi sueño de convertirme en un gran columnista. Descubrí, a la fuerza, la enseñanza. Y me quedé en ella casi cuarenta años, entusiasmado y convencido de ser un privilegiado. Confieso que me jubilé casi con las mismas ganas que el primer día, aunque un poco cansado y, sobre todo, desconcertado por la enorme cantidad de cambios que me tocó vivir. Pero con las ganas intactas. 

Ya no tengo por que dar explicaciones a nadie, después de casi seis años de jubilado, pero cuando reflexiono serenamente sobre mi vida profesional, me toca hacer mías las palabras de unos amigos que nos visitaban con frecuencia: 

-Siempre que venimos estás con la máquina de escribir (después fue un ordenador) preparando materiales para tus alumnos. 

No le veía mérito alguno: me lo pedía el cuerpo, no había materiales para adultos y había que fabricarlos a base de clichés para la multicopista. Y eso constituía un desafío en toda regla. 


Magnífico ambiente en el Centro de Adultos Antonio Machado de Jaén, 1979.

Sin embargo, ahora, con la relativa lejanía de la jubilación, me planteo unas reflexiones que deseo compartir aquí. He pasado por cuatro o cinco leyes orgánicas sobre educación, por unas diez denominaciones del Ministerio, por unos treinta ministros, por distintos sistemas de programación de objetivos didácticos... Tal vez, el cambio que más me duele es el haber convertido la escuela en un centro más asistencial que didáctico, lo que provoca la frustrante sensación de que a muchas familias y a las administraciones les preocupa mucho más el funcionamiento del aula matinal, las actividades y el comedor que los planteamientos didácticos y metodológicos, a lo que ha contribuido quien menos tendría que haberlo hecho: la propia Consejería, que ha hecho bandera electoral de los elementos asistenciales en detrimento de lo didáctico, que pasa a ser un elemento secundario en el día a día de las familias. 

Dicho de otro modo: la mayor parte de las madres y padres se preocupan mucho más por las características del aula matinal, el comedor y las actividades (en muchas ocasiones porque suponen la premisa para que los dos miembros de la pareja puedan trabajar) que de lo didáctico, los objetivos recogidos en el Plan de Centro o los criterio de evaluación, lo que desdibuja bastante el papel social de la escuela (y siempre que me refiero a escuela, pienso en la de verdad: la pública, la que atiende a inmigrantes, a gente con necesidades educativas especiales, a un espectro de población marginal que en ningún caso tendría en la práctica cabida en la privada, casi siempre vinculada a órdenes religiosas y con clara voluntad elitista). 

Creo que en una materia como la educación, que es tanto como decir el futuro de España, requiere cuanto antes un pacto que garantice la estabilidad de un sistema educativo, al amparo del albur político. Lo sucedido con la educación en este país es claro indicio de nuestra debilidad democrática. No puedo aceptar que se cambie todo cada cuatro años si las urnas deciden un relevo en el gobierno. En esto veo mucho más democrática la postura del PSOE que la cerrazón del PP, que ha deshecho la escuela pública con sus recortes y ha suprimido Educación para la Ciudadanía por ser “doctrinaria”, al tiempo que consagra (¡Y hasta qué punto!) la presencia de la iglesia católica en un sistema que siempre debió mantenerse laico y neutral en materia de religiones. 

Exijo un gran acuerdo plural entre los partidos que garantice un sistema educativo neutro, laico, plural y gratuito para los próximos veinte años, como mínimo. Sería el broche a una vida profesional en la que si no he obtenido mejores resultados es porque no he sabido hacerlo, nunca por falta de ganas y dedicación.


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