Reválidas e innovación: crónica de un divorcio anunciado


Faceless Composition, obra de Lara Jade

Existe una esquizoide aunque plenamente consciente escisión entre los responsables de dar luz las líneas vertebrales de la política educativa. Una fractura entre los nuevos modelos de enseñanza y aprendizaje (cuyos secretarios, asesores y demás escalafones se encargan de alabar con impostado convencimiento en foros y jornadas) y la irrupción impuesta, vía normativa, de reválidas vinculantes en diferentes momentos de las etapas educativas de la enseñanza obligatoria. Pretender que el profesorado innove a pie de aula, que adopte metodologías activas y colaborativas, bajo la presión que va a suponer tener que adaptarse a pruebas de nivel vinculantes es cuando menos un chiste de mal gusto, un flagrante insulto a la inteligencia de los docentes. Y me quedo corto. 

Tiene uno la sensación de que los encargados de guionizar esta tragicomedia nunca tuvieron a bien adoptar medidas que condujeran a una verdadera reforma metodológica, sino más bien utilizar estos aires de innovación como macguffin que dé lustre moral a otras intenciones. De hecho, si ustedes se fijan bien, la innovación educativa se está convirtiendo en una moda hábilmente vendida entre las administraciones educativas y las editoriales del sector, pero bajo un enfoque bien distinto al que se puede observar en cualquier aula donde un buen puñado de docentes, a menudo sin más apoyo que su voluntad, son los que realmente hacen posible tal innovación día a día.

¿Qué creen ustedes que sucederá cuando un docente se encuentre con que debe preparar a sus alumnos no bajo criterios contextualizados y metodologías adaptadas, a menudo vinculadas a modelos evaluativos cualitativos, sino en función de pruebas estandarizadas que midan su competencia según reglas ISO europeas? ¿Creen realmente que bajo esa presión e items de calidad habrá margen para adoptar con libertad y creatividad modelos metodológicos innovadores?... Ni siquiera han necesitado el tiempo que ha durado estos puntos suspensivos para intuir clara y distinta la respuesta. No, es evidente que no. La irrupción impúdica de reválidas en el sistema educativo supondrán un claro retroceso en la adopción de nuevas metodologías de aula. A los convencidos los retrasará, poniendo difíciles obstáculos (o los desilusionará), y a los profanos de la innovación los acabará convenciendo de que no merece la pena lanzarse a cambiar formas de enseñar que disocian las prácticas de aula con las obligaciones que como funcionario le exige la administración. Y para rematar este plan están las editoriales, que ya tienen preparados contenidos digitales adaptados a estas nuevas exigencias normativas. Todo ello bajo el placebo ilusorio que imposta la incorporación de nuevos gadgets tecnológicos.

Pero no se queda aquí el despropósito. La linde que toma esta reforma educativa transita con inquietante preocupación por una no tan improbable reconversión de los centros educativos en meros gestores competenciales, en busca de índices de calidad óptimos. Echen si no un vistazo a la reciente Feria de los Colegios, celebrada en la Comunidad de Madrid. Para este propósito ya se están esforzando los órganos competentes en dejar claro a los directores de centro lo que deben hacer para cumplir con diligencia y eficacia estos procesos evaluativos, adaptando todos los medios de los que disponen a tal finalidad.

No hay en todo esto gesto sólido alguno que indique que la política educativa transite hacia una reforma real de las formas de enseñanza, la tan cacareada innovación que preside el diccionario de la corrección política en todos los foros educativos. Es más, los pasos dados se revelan como una regresión preocupante hacia modelos de enseñanza que hacen si no imposible, sí titánica la misión de comprometerse a pie de aula con un cambio significativo de metodologías. Una doble moral planea de manera más o menos consciente entre los encargados de implantar este modelo evaluativo. Bajo este ecosistema, los profesores innovadores vienen a ser para ellos una especie de soporte publicitario que autojustifique su guión, pero sin pillarse en ningún momento los dedos en la consecución de esta transformación. 

Solo cabe hacer lo que hasta ahora hemos hecho los docentes, mirando con escepticismo la secuencia infinita de reglamentos y leyes, al son del catecismo del partido político de turno: centrar nuestros esfuerzos en ofrecer una enseñanza de calidad, más allá de medidores prefabricados. Volver a pie de aula al voluntarismo responsable como refugio seguro de quien cree estar haciendo lo que debe. Y limpiarse el polvo que deja la fría norma, el yugo del dato. Nada más... y nada menos.

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