Inclusión educativa: hablemos claro, actuemos



Este artículo de mi amigo Jose Blas, con el que empatizo en cada coma, me ha hecho pensar sobre el devenir del reto inclusivo en las escuelas y quisiera compartirlo con vosotros.  

En los últimos años he observado una tendencia entre el profesorado a obviar valores éticos que antes eran irrenunciables. Uno de ellos es este que apunta Blas, la inclusión. La idea de que los alumnos que 'no estudian' no deben impedir que los que 'sí quieren' consigan sus objetivos está calando cada vez más entre los docentes. Se considera que es responsabilidad de la familia que los alumnos vengan al aula con habilidades sociales, hábitos y motivación suficientes como para que el docente no tenga que hacer otra cosa que 'dar clase' (léase explicar y poner exámenes). Este modelo de docente no cree que sea función suya 'educar', sino simplemente 'instruir'. La escuela es, bajo este prisma, un espacio institucional donde ingerir contenidos y expulsarlos para que el docente dictamine la calificación pertinente. Los problemas sociales, la realidad del alumno más allá de las cuatro paredes del aula no es responsabilidad del docente. No apruebas... a galeras a remar. El concepto de 'integración' sustituye al de 'inclusión'. Y no afecta solo al ámbito de la escuela, también a cualquier conflicto de convivencia social donde estemos obligados a entender al que es diferente.  

Observo entre el profesorado una cierta tendencia a interpretar la pobreza no como consecuencia de la injusticia social y económica, sino como resultado de actitudes y conductas de las que 'solo el pobre es responsable'. Por supuesto que ningún docente se atreve a decir en público que el pobre se merece lo que le pase -pesa mucho la corrección política y el remordimiento-, pero la forma de enfocar y responder a los desafíos cada vez más urgentes que exige intervenir sobre un alumnado víctima del precariado laboral y demás distopías de nuestro tiempo, con todas las consecuencias sociales que esto genera, es cada vez más tendente a claudicar ante la posibilidad de reducir esas injusticias y dar por hecho que no hay santo que las corrija ni cuerpo que lo aguante. El pobre molesta e impide la calidad de la enseñanza. La inclusión, bajo esta aciaga perspectiva, deviene en sueño de ingenuos. A lo sumo, el docente convencido de esta imposibilidad adopta una pose paternalista -¡pobrecitos!  

Es necesario ser autocríticos y examinarse a uno mismo, analizando en qué medida esta tendencia afecta a nuestra forma de entender la enseñanza y de mirar a nuestros alumnos. Lo inquietante no es que cale en un profesorado de piñón fijo, sino que lo haga en aquellos que tienen (o tenían) una idea más social y creativa de la enseñanza. El aumento de la ratio, la imposibilidad de generar proyectos de centro colaborativos que generen sinergias entre docentes, la distancia generacional entre los docentes y los alumnos (no solo a causa de la brecha digital), la pérdida del sentimiento de pertenencia a una comunidad, derivada en individualismo kamikaze... son factores que explican en parte ese fenómeno, entre otros muchos, pero no justifican éticamente esta triste deriva.  

Existe un esperanzador movimiento pedagógico, del que me siento parte, que aboga por un modelo inclusivo, que traspase no solo las fronteras del aula, sino las del propio centro, y lleve la escuela al barrio, a la realidad cercana, acogiendo (¡qué término tan necesario!) a todas y todos, transformando no solo las formas de 'dar clase', sino también la forma de relacionarnos y abordar los conflictos desde la diferencia. Esta voluntad colectiva busca transformar el entorno de los alumnos, haciéndoles agentes activos y creativos de ese cambio. Sin embargo, este movimiento es residual, funciona más por voluntad de una minoría (¡bendita minoría!), a pesar de ser fuente de publicidad en las políticas educativas y letra vacía en los documentos oficiales.  

A esto hay que sumar una cierta tendencia a creer que poner en marcha centros inclusivos se reduce a la voluntad colectiva del profesorado y no también a un proyecto integral de transformación de las estructuras educativas: espacios, tiempos, currículo, modelo de evaluación, formación del profesorado... No píldoras, sino verdadera medicina que sane. Es evidente que sin voluntad nada es posible, pero ésta debe aunar la transformación de la escuela sobre el terreno y una apuesta institucional por este modelo de educación. Y es aquí donde entra otra sospecha inquietante: la política educativa no acaba por apostar por esta necesaria transformación. Deja, por supuesto, que docentes, asesores y demás agentes formativos hagan su labor, pero sin crear vigas que aseguren que este andamiaje pase de ser algo más que un castillo de naipes, condenado al voluntarismo optimista de unos pocos. La propia administración educativa es hija de su tiempo y refleja no solo los valores de sus contemporáneos, sino también sus estereotipos y debilidades.  

La inclusión debiera ser un deber profesional, no solo un eslogan complaciente. Está en juego no solo un problema educativo, sino el futuro de nuestra convivencia democrática. 

1 comentario:

  1. Descripción tan aplastantemente realista como triste. Resumo mi opinión y postura ante la lectura de esta reflexión parafraseando tus propias palabras: "empatizo en cada coma". Ahora planteo mi pregunta aguardando un consejo (de quien ya lo esté vivenciando desde su experiencia y, por tanto, sea tan realista como el análisis minucioso aquí expuesto): qué conviene hacer desde la más absoluta individualidad, cuando voluntad es un término que se queda pequeño para moverme por este camino de cambio y mejora y, sin embargo, mi contexto se determina por ese humo publicitario y "palabras vacías" de las voluntades que me acompañan en mi labor docente... Pido consejos porque la inexperiencia en esta lucha logra minar mucha energía que intuyo que estoy malgastando y no canalizando de modo proactivo. Muchas gracias, de corazón, por reflexiones tan inspiradoras y estimulantes para estas voluntades de una minoría que no soportamos ya los "eslóganes complacientes".

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